28 de agosto de 2012

Ring

Un ring (soy de las que usa despertador tradicional) y un café con leche mal tomado suele ser el umbral que separa unos maravillosos días de libertad y anarquía de la rutina. Porque por mucho que uno tenga el privilegio de dedicarse a aquello que le llena o por lo menos le gusta (o simplemente, que no le disgusta), a los rebeldes nos pesa como una losa clonar los días bajo rígidas pautas. Y es en este momento cuando surgen las apuestas acerca de en cuántos días uno va a perder esa paz zen con la que ha regresado de vacaciones. Cuántos días va a tardar el estrés en hacer mella y en marcar ojeras. Vuelvo (supongo que como todos) con el firme propósito de extender el día, de conseguir hacer más en menos de forma que no me engulla el día a día y encuentre un espacio para cada cosa. Porque todo merece su tiempo, dejémonos de diatribas sobre la calidad vs cantidad. Yo quiero cantidad de calidad. Trabajar eficientemente, cuidarme y cuidar bien, leer, hacer algo de deporte y mimar. Y todo ello sin perjudicar el descanso. Muchos retos para tan solo 24 horas. Pero no dejaré de intentarlo.

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