21 de agosto de 2009

New York


Hace apenas una semana que volvimos de New York. Ningún misterio: una ciudad predilecta entre los turistas españoles y tan trillada a través de los medios que a nadie le es desconocida su idiosincrasia. No explicaré nada a nivel de lugares de interés ya que sólo ésa sería temática para otro post.

Solamente recordaré a aquellos que creen que el valor de esta ciudad reside en una apología del gran urbanismo del siglo XX y por ser el paradigma del sueño americano, que es mucho más que eso.

Es la ciudad del frío extremo que hiela los lagos en invierno y la del sofocante verano que te ahoga al entrar en una boca de metro. La de hordas de gentes mirando al horizonte sin advertir lo que pasa a su lado y la de amables ciudadanos dispuestos a ayudar al turista a la mínima oportunidad. La de las caras y prohibitivas tiendas de la quinta avenida y la de los outlets, la económica comida fast food y el agua gratis. La de los lofts más caros del mundo y la de los carros de indigentes debajo de cada puente. La del derroche energético y la de las grandes zonas verdes urbanas. La de la convivencia de todas las razas y culturas y la de los ghettos étnicos distribuidos por barrios, incluso por calles. La capital de la civilización moderna y la de las bolsas de basura en las calles. La ciudad que cansa al turista los dos días de estar en ella pero que se echa de menos tan pronto como se abandona.

Una increíble y contradictoria metrópolis que marca en cualquier persona un antes y un después en el modo de entender el mundo moderno.

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